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La pregunta sobre si se puede ser de izquierda y millonario es compleja y multifacética. Para abordarla, es crucial definir con precisión los términos "riqueza" y "progreso", algo que no siempre se hace en el debate público.

Existen diversos tipos de riqueza, diferenciados por su origen, concepción y empleo. No es lo mismo acumular riqueza a través de la explotación, la especulación, la destrucción del medio ambiente o la venta de armas, que crear empresas productivas y sostenibles. De igual forma, no es lo mismo despilfarrar la riqueza en ostentación que invertirla en mejorar el nivel de vida de la sociedad.

Como todos los poderes, el dinero puede ser utilizado de manera decente o indecente. Es decente el poder que aumenta la autonomía de los ciudadanos, e indecente el que la limita. En conclusión, hay riquezas compatibles con las ideas progresistas, y otras que no lo son.

El concepto de progreso, más que económico, es fundamentalmente ético. Los ilustrados creían en la perfectibilidad indefinida del ser humano y consideraban que la economía debía contribuir a ella. Progresar implica satisfacer cada vez con mayor extensión y prontitud las exigencias de la dignidad humana, tanto económicas como jurídicas, políticas y sociales. La riqueza personal puede ayudar o entorpecer este proceso.

La evolución del derecho de propiedad refleja el modo de integrar la riqueza en el proyecto ético. Defender un derecho absoluto de propiedad o su negación absoluta se considera reaccionario, mientras que defender la función social de la propiedad se considera progresista.

¿Se puede ser millonario y de izquierda?

La historia nos da el ejemplo de Federico Engels y Carlos Marx, y de otros personajes que han militado en las filas del Partido Comunista que, teniendo fortunas, han luchado por los trabajadores mucho más y con más consecuencias que algunos de los propios trabajadores a los que defendían.

Desde la misma pareja fundacional del materialismo histórico, la figura del rico comprometido con opciones de izquierda no ha cesado de repetirse. Engels disponía de una más que mediana fortuna y, de hecho, fue quien mantuvo económicamente a Marx durante largas épocas de su vida. Sin ello quizá El capital no se hubiera podido escribir.

Desde entonces, han sido muy numerosas las personalidades que, disponiendo de situaciones holgadas o acaudaladas, han sido no sólo militantes sino dirigentes políticos de izquierda. Ello en tiempos en que la izquierda cuestionaba la propiedad privada.

Ahora, cuando apenas queda ya izquierda que cuestione la propiedad privada y el capitalismo de mercado se ha convertido en una especie de «naturaleza de lo social» no parece que la pobreza deba ser una condición previa para optar por compromisos de izquierda.

Siempre que «ser de izquierdas» no sea una máscara que encubra la defensa de políticas antiigualitarias. En toda ética, y más si hablamos de ética política, los contextos son fundamentales.

En el actual, no es exigible el abandono del patrimonio personal para actuar con criterios de izquierda. Sí, en cambio, resultan exigibles comportamientos éticamente adecuados en el uso de esos bienes que condicionan desde su procedencia hasta la finalidad que se aplica a las rentas que generan, por no hablar del pago de impuestos.

No todo está permitido a quien es rico y de izquierdas. Una situación que puede incrementarse conforme prolifere «el capitalismo de la cultura». Piénsese en artistas, escritores o deportistas.

Lo general seguirá siendo lo contrario: los que más tienen en la derecha y los que menos, en la izquierda.

La Conciencia y la Existencia

Tras un análisis serio, un grupo muy amplio de intelectuales, entre los que se encontraba Marx, llegaron a la siguiente conclusión: «No es la conciencia la que determina la existencia; es la existencia la que determina la conciencia». Y esto es un hecho claro.

Recuerdo esa frase que algunos hemos dicho con alguna frecuencia: «No hay nada más tonto que un obrero de derechas». Del mismo modo, no es casualidad que la gente del gran capital, o muy ligada a él, haya estado y esté en las posiciones de derechas.

Los recursos grandes conducen, por lo general, a las posiciones que ya conocemos. Sin caer en «determinitis»: esa inflamación de la cosa determinativa, esa exageración de los principios. Hay gente -no excesiva, ésa es la verdad- que, habiendo estado ligada al capital, puede adquirir una conciencia que les lleve a ser de izquierdas.

En las clases sociales hay capas, y no es lo mismo el pequeño propietario o el técnico, el profesional que tiene un salario elevado, que el gran capitalista.

No se puede esperar que alguna de esas 225 personas que son dueñas del 40% del PIB mundial mantengan posiciones diferentes a las que mantienen. Si lo hicieran estarían en una contradicción enorme, en un antagonismo entre sus intereses y su conciencia.

Un millonario de izquierdas -alguno puede haber- es algo rarísimo, verdaderamente rarísimo.

La Ideología de Izquierdas y la Condición Económica

En principio, no parece que debiera existir contradicción entre ser progresista y gozar de una situación económica desahogada, incluso de un patrimonio cuantioso, siempre que ese patrimonio se haya obtenido de manera lícita.

Ser de izquierdas implica tan sólo defender unas reglas de juego y una estructura social que impidan las desigualdades lacerantes, y una dinámica política que corrija tales desigualdades en el caso de que se produzcan.

Desde la izquierda nunca se ha promovido la caridad o la beneficencia, sino la justicia, justicia que difícilmente se instaura por el voluntarismo individual de repartir el patrimonio propio entre los pobres. Eso queda como precepto de ciertas religiones que rápidamente lo convirtieron en consejo y por último en paradigma de hecho heroico.

Cabría afirmar, también a priori, que abrazar una ideología de izquierdas tiene tanto más mérito cuanto mejor es la condición económica de la que se dispone.

Si la izquierda es coherente, sus medidas se encaminarán a conseguir una mayor igualdad y por lo tanto beneficiarán a los de abajo y perjudicarán a los de arriba.

Y ésa es la otra cara de la moneda: si, en principio, ser rico y de izquierdas no es contradictorio, sí es raro y difícil.

Como afirmaba Marx, el ser social determina la conciencia y aquellos que están instalados en una situación de privilegio no serán muy proclives a asumir planteamientos que persigan reducir las desigualdades.

Pero es que, además, en la actual estructura social y económica poseer una ideología de izquierdas es una clara rémora para ascender en la escala social, incluso en la profesional.

El poder económico paga y sabe lo que quiere.

El Caso de la Comunidad de Madrid

A la vista de esa campaña demagógica, un «rico» no puede ser de izquierdas, ni diputado en sus filas, aunque su patrimonio sea ridículo comparado con los que llenan al menos las primeras filas de la lista electoral del PP a la Asamblea de Madrid.

Por lo visto, las gentes con posibles en España sólo pueden estar en las filas de la derecha, única legítima representante de los que tienen suficiencia económica. Por un razonamiento a contrario, todos los desposeídos deberían ser de izquierdas per se.

Ni lo primero ni esto último coinciden con la realidad.

¿Puede un arquitecto, un médico, un ingeniero, un abogado con 30 años de ejercicio formado en universidades de prestigio, con prestigio profesional, que haya tenido un rendimiento económico bueno en su ámbito profesional, entrar en política?

  1. Sí, si lo es en la derecha. Ya se encargara ésta de dar dignidad, cobertura y pregonar las excelentes cualidades del profesional metido temporalmente a político.
  2. No, si lo es en la izquierda y sobre todo si lo es en la izquierda menor, más social, sin amparo mediático. Se planteará que la izquierda y el patrimonio personal es una conjunción antinatura. Se hurgará para convertir las luces en sombras y hacerle un guiñapo público.

En el fondo, la concepción de nuestra derecha española necesita que la izquierda, si no está en el poder (véase los años de gobierno PSOE), responda a la imagen del paisano de boina y alpargatas, necesitada en lo personal y sin cualificación alguna.

Esa derecha no soporta la transformación social de España en sus últimas décadas, que aunque con lacras sociales agrandándose progresivamente, es otra España, en la que la izquierda puede tener una dirigencia cualificada que puede triunfar en la esfera privada, lo que debiera permitir la entrada y la salida, es decir, la renovación incruenta de su personal público.

Lo esencial es saber cómo se ha entrado y cómo se sale, o cómo se está. No cuánto se tenía antes de entrar, si legítimamente se ha obtenido.

Hay ciudadanos para los que, por nuestra previa actividad profesional, la política desde la izquierda solo supone pérdida y sacrificio personal, económico y de prestigio.

Tal vez sea una temeridad. Pero es una apuesta por devolver a la sociedad lo que ella nos da en nuestras profesiones.

Las Marcas y su Percepción Ideológica

Louis Vuitton, Dior y la petrolera Total son las marcas más vinculadas a la derecha, mientras que Youtube, H&M e Yves Rocher se asocian mayoritariamente a la izquierda.

La polarización ideológica de la sociedad no se ciñe sólo a la percepción política de los partidos, sino que es la base del imaginario colectivo sobre los valores atribuidos a las marcas comerciales.

El precio es para los consumidores uno de los principales factores de diferenciación sobre los que se fundan estas dicotomías, asociando las marcas de lujo a la derecha y las más extendidas entre el gran público por su bajo coste a la izquierda.

Estas son las conclusiones de un estudio de investigación llevado a cabo por el instituto francés Nomen Research durante el pasado mes de marzo, que se publicó bajo el título Derecha o izquierda: Los valores atribuidos a las marcas por los franceses.

Para conseguir estos resultados se analizó una muestra de 963 entrevistas personales en las que se preguntaba a los participantes sobre su percepción política de 162 marcas de diferentes sectores de actividad.

Las compañías armamentísticas y las petroleras también cuentan con una fuerte connotación conservadora, además de las que poseen altos cuadros directivos norteamericanos con grandes fortunas, por su connotación “imperialista”.

Este es el caso de las gigantes IBM y Microsoft, relacionadas con la derecha por un 63% y un 56% de los encuestados, respectivamente.

El carácter público o privado de las marcas es otro de los elementos determinantes para asociar sus valores a la izquierda o derecha.

Los servicios públicos mantienen una imagen de solidaridad y generosidad entre la ciudadanía, pero en el caso de las compañías privatizadas esta percepción cambia radicalmente vinculándolas a los principios de la derecha.

Por ejemplo, el 46% vincula a la empresa pública Correos (La Poste) con la izquierda, frente a un 18% que lo hace con la derecha. Sin embargo, las privatizadas EDF (Électricité de France) y France Telecom, se vinculan a los valores de la derecha (47% y 43%, respectivamente).

Los franceses atribuyen principalmente a los partidos de izquierda los valores de solidaridad (67%), generosidad (61%) y tolerancia (59%), además de la simplicidad (55%).

La fraternidad, colaboración, convivencia, transparencia o libertad son otros de los atributos que los encuestados atribuyen en mayor medida a la izquierda, una percepción anclada en los principios fundamentales sobre los que ha pivotado históricamente la imagen de las distintas corrientes progresistas.

Por otra parte, los valores atribuidos a la derecha son más heterogéneos y presentan unos registros ciertamente antagónicos con el imaginario colectivo de la izquierda.

En la visión conservadora priman la autoridad (73%), la opacidad (73%) y la disciplina (68%). En cuarto lugar se sitúa el individualismo, un atributo percibido como de derecha por el 67% de los encuestados.

Asimismo, se suman otros valores que forman parte de la identidad intrínseca de los conservadores, como la tradición, el patriotismo y la firmeza.

Al margen de los valores identitarios históricamente vinculados con la derecha, emergen otros principios más dinámicos como la audacia (49%), la superación personal y autonomía (46 y 40%, respectivamente), el dinamismo (40%) o la perseverancia (39%).

Unos nuevos valores que casan con la imagen proyectada por el candidato presidencial a las elecciones francesas, Nicolás Sarkozy.

El estudio también revela que la percepción de los franceses sobre los valores de las marcas no siempre está correlacionada con la imagen que las propias marcas venden de sí mismas.

Por ejemplo, la gigante informática Apple, conocida por su vanguardismo, simplicidad y universalidad, no se percibe como una marca de izquierda. De hecho, el 54% de los participantes en el estudio la asocian con los valores propios de la derecha.

Una traslación que se justifica por la excesiva personalización de la marca en Steve Jobs, quien sobrepuso sus propios valores de dinamismo, ambición y audacia sobre la imagen de marca de la manzana.

Free, la empresa francesa de telecomunicaciones, capitaneada por el empresario Xavier Niel, que posee la tercera fortuna del país galo y se conoce como el “Steve Jobs francés”, se vincularía más a la derecha, si se atiende a su asociación con la “ambición, audacia y combatividad”.

A pesar de este posicionamiento de marketing, se percibe como una marca ambiciosa y “muy liberal”, por lo que el 41% de los encuestados la sitúa en la derecha, frente a un escaso 22% que la asocia con los valores de la izquierda.

Los casos de Zara y Amazon son dos de los más llamativos por su aura de pureza y neutralidad. El 54% de los interregados en el panel de Nomen Research no son capaces de relacionarla con ningún color político.

En el caso de las redes sociales, que parten de un posicionamiento común próximo a la colaboración, solidaridad y cercanía, no hay unanimidad sobre su color político.

Youtube se posiciona a la cabeza del ranking de marcas asociadas a la izquierda. A la mayoría de encuestados les resultó imposible asociarlas con alguna de las corrientes ideológicas.

Los Empresarios y el Poder Político

El pasado 26 de noviembre Zapatero recibía a los principales 37 empresarios del país, unas semanas después de que se encontraran con el rey.

Aunque supuestamente el objetivo de la reunión era analizar la situación de la economía, tuvo un claro carácter ejecutivo: el gobierno se comprometió a acelerar las "reformas" emprendidas (laboral, pensiones, cajas de ahorro...) como le exigían los empresarios ("que no le tiemble el pulso").

A cambio, los representantes de la burguesía española adquirieron un vago compromiso de "arrimar el hombro".

¿Quiénes son esos 37 empresarios que se reunieron con Zapatero? Básicamente las mayores empresas de la bolsa española más algunas que no cotizan (como El Corte Inglés, Mondragón, las mayores cajas y Mercadona, que no acudió).

Si en los años 70 se hablaba de "las cien familias", recientemente el diario Público desvelaba que "un selecto grupo de veinte familias controla el 37,1% del Ibex (las 35 mayores empresas cotizadas), pese a que las acciones que poseen equivalen a un 12,2% del índice".

A través de consejeros afines y participaciones cruzadas cada vez menos personas tienen más poder en las empresas.

De hecho, si sólo hubieran estado los representantes de la Banca, el panorama habría cambiado bien poco: de las seis principales empresas cuatro son bancos o cajas y controlan las dos siguientes, Telefónica y Repsol.

Como explicó Lenin, en la fase imperialista del capitalismo, la preponderancia de la burguesía financiera es absoluta.

Yendo al detalle, en la reunión había banqueros como Botín o Francisco González, que condujo la privatización de la banca pública para seguir al mando del BBVA.

El Banco Popular, tradicional punto de apoyo del Opus Dei, o el Sabadell controlado por la burguesía catalana, también estaban. En cuanto a las Cajas, las dos mayores (La Caixa y Caja Madrid) hicieron valer su pretensión de convertirse en grandes grupos bancarios.

Después venían Telefónica, Repsol, Endesa o Gas Natural, antiguas empresas públicas construidas con impuestos y tarifas altas y entregadas al capital financiero para desgracia de sus trabajadores y de todos los consumidores.

Últimamente también se dedican a saquear América Latina, y por supuesto, lo que hacía falta según ellos para salir de la crisis era subir la luz, el gas y la gasolina.

También asistió una nutrida representación de los constructores, seis en total.

No cabe duda de que los Del Pino Calvo-Sotelo, Entrecanales, Villar Mir, Florentino Pérez, Koplowitz o Del Rivero son un ejemplo del emprendedor español, innovador y desvinculado del ladrillo, así como del respeto de la normativa laboral a través de sus contratas y subcontratas en las obras.

Como se va a recortar el gasto en obra pública, se están introduciendo en otros negocios como aeropuertos y servicios privatizados.

Por supuesto, la privatización de AENA y la gestión privada de hospitales e infraestructuras les parecía absolutamente imprescindible para el "interés general".

Abertis, la principal concesionaria de autopistas y beneficiaria de las ayudas públicas, también estuvo presente. Sus accionistas más destacados, La Caixa (por algo Catalunya es la comunidad con más peajes) y la familia March, descendientes del ilustre banquero que financió el golpe fascista de 1936.

Hablando de antecedentes ilustres, César Alierta, presidente de Telefónica vinculado al PP, es hijo del alcalde franquista de Zaragoza, y entre los Benjumea, tradicional familia de la burguesía sevillana y dueña de Abengoa, se cuentan varios ex ministros del dictador y numerosos títulos nobiliarios.

Un pequeño grupo de empresas de tecnología, como la citada Abengoa, Gamesa, Indra o Hispasat (las dos últimas también fueron públicas y se privatizaron), son el ejemplo perfecto del "nuevo modelo productivo" del que tanto se ha hablado últimamente.

Es el sector público el que paga sus desarrollos e innovaciones además de los beneficios de sus accionistas, sea directamente a través de subvenciones o indirectamente con mayores tarifas eléctricas.

El potencial de creación de empleo se revela con las fábricas de aerogeneradores cerradas últimamente para llevar la producción a China.

Los hoteleros Escarrer (Sol Meliá) y Riu se quejaron amargamente de lo abandonado que está el sector por el gobierno. Desde luego, sería conveniente que éste vigilara más de cerca las condiciones laborales y la represión sindical que impera en la hostelería.

Y hablando de represión sindical, también estaba presente Isidoro Álvarez, presidente de El Corte Inglés, empresa pionera en la creación de sindicatos amarillos y el despido de trabajadores "rebeldes".

Otro sector pionero en ataques contra los trabajadores, que ha perfeccionado las tácticas de EREs, despidos y chantaje continuo es el del automóvil, que estaba representado por el presidente de su patronal, ANFAC.

La prensa destacó la ausencia de Roig, el presidente de Mercadona, y de la superestrella del empresariado español, Amancio Ortega, dueño de Zara, que dejó en manos de su consejero delegado acudir a la cita.

Este tipo, ejemplo del "emprendedor", basó su fortuna en la hiperexplotación de las mujeres gallegas mediante el trabajo a domicilio o contratas de talleres masificados, jornadas de más de 12 horas y sueldos de miseria, ahora exporta su "modelo" a otros países y se nos presenta como paradigma de éxito.

Otro que delegó en un ejecutivo fue Berlusconi, dueño de Telecinco. Tal vez estuviera ocupado en alguna de sus "fiestas" con menores de edad.

Tampoco estuvieron personajes como "los Albertos", los March o Demetrio Carceller, clásicos en los consejos de administración de las grandes empresas pero que no controlan directamente ninguna.

En la democracia burguesa, una ínfima minoría social, que no ha elegido nadie y que vive del trabajo ajeno, decide el destino de la mayoría; y los que verdaderamente trabajan y son la inmensa mayoría de la sociedad, no deciden nada.

Habrá que invertir las cosas. La única democracia real y posible es aquella en que los medios de creación de riqueza y el poder estén en manos de la clase obrera.

¿Capitalismo o socialismo?