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Durante décadas, el empresariado vasco y navarro vivió bajo la constante amenaza de ETA. La extorsión, el secuestro y el asesinato fueron herramientas utilizadas por la banda terrorista para financiar su actividad y someter a la sociedad. Este artículo profundiza en la historia de esta violencia sistemática, sus causas y consecuencias, y el impacto en la vida de miles de empresarios y sus familias.

El "Impuesto Revolucionario": Origen y Evolución

La extorsión de ETA al empresariado vasco había comenzado tiempo atrás. Los primeros casos de exigencia de pago bajo amenaza se remontan a comienzos de los años 70. Fue el germen de lo que poco después se denominaría "impuesto revolucionario". Quienes primero lo sufrieron fueron los empresarios de localidades de Bergara, Eibar y Oñate, a cuyos propietarios se les reclamó 2.000 pesetas por trabajador a cambio de no atentar contra ellas.

Para entonces, el empresariado, y en particular la “oligarquía”, como denominaba el entorno radical al empresariado, ya sabía que dedicarse a crear riqueza con una pyme, un negocio o una gran compañía era convertirse en objetivo prioritario de la banda.

La mayoría decidió no ceder, aguantar pese a todo y pagar un alto precio por ello. Otros no soportaron la presión y abandonaron Euskadi o decidieron controlar la empresa a distancia. En los años 80 y los 90 el temor era cosa común. La sombra que durante décadas oscureció la vida del empresariado vasco y sus familias sería larga y asfixiante. También silenciosa, olvidada e injusta.

Métodos de Extorsión y la Psicosis del Miedo

Los métodos de extorsión de ETA incluían el envío de cartas amenazantes a empresarios vascos, en las que se exigía el pago de una determinada cantidad de dinero a cambio de que su patrimonio e incluso su integridad física no corrieran peligro. Aunque muchos amenazados denunciaron estas prácticas mafiosas, es difícil determinar cuántos llevaron el 'aviso' en silencio sobre sus espaldas, ante el terror psicológico impuesto por la banda terrorista, que llegó a aplicar 'intereses de demora' a quienes que se retrasaban en el pago. El miedo y la indefensión de los amenazados fue en aumento con el envío de cartas marcadas con un código especial.

Recibir ‘la carta’ en casa elevaba más la angustia. Aquella temida misiva te cambiaba la vida, la tuya y la de tu familia. La sufrieron la mayoría y la ocultaron o minimizaron prácticamente todos. En muchas cajas fuertes de Euskadi, en olvidados rincones de casa o el despacho o en cajones discretos protegidos bajo llave aún hoy se esconden.

La amenaza, respaldada por los hechos de violencia, ha sido el instrumento habitual de coacción empleado por ETA para doblegar la resistencia de los extorsionados.

Los buzones asustaban. Abrirlos suponía enfrentarse a una lotería macabra. Hubo un tiempo en el que los apartados postales se expandieron a la misma velocidad que lo hizo el miedo.

Uno de los colectivos sociales que ha padecido duramente la acción de ETA ha sido el formado por empresarios, ejecutivos y, en ocasiones, profesionales de muy diverso tipo. Estas personas han sufrido con frecuencia ataques violentos similares a los de otros grupos sociales, siendo objeto de atentados, de amenazas y de persecución. Pero también han padecido una forma de violencia particular cuya finalidad ha sido someterles a extorsión económica para convertirles en financiadores forzosos de la actividad terrorista.

La amenaza, respaldada por los hechos de violencia, ha sido el instrumento habitual de coacción empleado por ETA para doblegar la resistencia de los extorsionados.

Las investigaciones en torno a la violencia terrorista de ETA han abarcado muchas temáticas y enfoques: aspectos sociológicos del grupo; sus dimensiones ideológicas o políticas; sus relaciones internacionales; las víctimas provocadas; la evolución histórica; su actuación en determinados ámbitos territoriales; las interioridades del funcionamiento de ETA, sus líderes, sus estrategias, etc. Sin embargo, uno de los aspectos no tratados ha sido el que tiene que ver con esa violencia de extorsión dirigida contra los colectivos citados.

De esta manera lo que se pretende es ahondar en las dinámicas subyacentes al empleo de micro violencias para silenciar a sectores significativos de la sociedad vasca y generar en ellos una psicosis de miedo al encontrarse ante la tesitura de negarse a pagar el chantaje económico exigido.

El Silencio y la Búsqueda de Ayuda

El silencio también. Incluso entre los propios amenazados la extorsión era algo a ocultar o abordar con máxima discreción. Recibida la carta, la amenaza o la acción terrorista, era hora de acudir a solicitar ayuda. La policía, los partidos políticos o incluso las iglesias fueron puertas donde muchos tocaron en busca de consejo y consuelo. Para la mayoría supuso descubrir que no eran los únicos, que su compañero de despacho, de consejo de administración o de patronal hacía tiempo que atravesaba por lo mismo. Fue una realidad amarga en la mayor parte de los hogares de altos directivos y emprendedores vascos.

La mayoría no lo hizo. Lo ocultó y no pagó. Se estima que apenas un 5% cedió a la extorsión en Vizcaya y Alava y algo más en Guipúzcoa, un 13%.

Hubo quienes se atrevieron a desafiar a ETA en público, en una suerte de combinación de dignidad, rabia e impotencia. Uno de ellos fue Félix Alfaro Fournier, director de Heraclio Fournier, la fábrica de naipes alavesa. En una carta en la prensa anunció que no cedería al chantaje de la banda por considerarlo “contraproducente e inadmisible”.

También se rebeló el presidente de Koipe, Bankoa y Savin, Juan Alcorta, quien se atrevió a comunicar por carta a ETA que no pagaría: “Me encontraréis en Atocha aplaudiendo a la Real, en algún partido de pelota o en alguna sociedad popular cenando con mis amigos”, retó a la banda. “Me rebela la idea de tener que pagar para salvar la vida”, y añadía, “no soy un héroe, no quiero serlo, pero como buen vasco, no quiero ser un cobarde”.

Algunos fueron más allá y plantearon devolver la amenaza a la banda. Lo hizo en noviembre de 1982 el industrial siderúrgico Luis Olarra, presidente entonces de la Confederación Vizcaína de Empresarios. Cansado de que las manifestaciones en la calle y los comunicados de condena a las acciones criminales de ETA no tuvieran ningún efecto -“no sirven para nada”- aseguró que era hora de “soluciones más drásticas, aunque desemboquen en situaciones que pudieran llegar a ser más drásticas”, declaró a El País.

Pero la presión de la banda no cesó. A lo largo de su historia ETA ha secuestrado a 83 empresarios. A muchos de ellos los asesinó tras un cautiverio en venganza por no ceder a sus chantajes. A otros los liberó tras el pago y los menos fueron liberados por la Ertzaintza o los GEO.

El Caso de José Legasa: Un Ejemplo Trágico

El destino trágico de José Legasa comenzó a fraguarse en noviembre de 1976 cuando recibió una carta de extorsión de ETA. A este empresario de Irún le exigían 10 millones de pesetas, 520.000 euros de hoy. En la misiva se le pedía que cruzara la frontera hasta la localidad francesa de Bayona y entregara el dinero en el bar Euskaldun a un tal Otxia.

El constructor guipuzcoano lo denunció a la Policía Nacional y acompañado de varios agentes se dirigió cierto día al encuentro del tal Otxia, que resultó ser Francisco Javier Aya Zulaica, jefe del aparato de extorsión de ETA. Lo halló jugando tranquilamente a las cartas en el bar. El terrorista fue detenido allí mismo y posteriormente fue condenado a tres años de prisión en Francia.

José Legasa fue valiente en tiempos de pocas heroicidades. No solo denunció y colaboró para condenar a un terrorista, sino que también evitó que su oro lo convirtiera ETA en plomo. Pero lo pagó caro porque la venganza no se hizo esperar.

“Después del juicio en Francia, mi tío cambiaba de hábitos y horarios constantemente porque era consciente del peligro. Protegía como podía a su familia, pero él tenía claro que no quería emigrar, quería ser libre en su tierra a pesar del miedo”, cuenta su sobrina Lourdes Legasa a este diario.

Uno de los empleados de la empresa resultó ser confidente de ETA y facilitó la información necesaria para que se consumara la tragedia. Corría noviembre de 1978 cuando el francés Henri Parot, el etarra más sanguinario con 26 asesinatos a sus espaldas, llegó a Irún acompañado de otro pistolero. Sorprendieron a José y a Miguel a pie de obra. “Mi padre forcejeó con Parot y recibió un tiro en la pierna. A mi tío le dispararon hasta la muerte”, narra Lourdes.

“La familia ha estado muy callada, pero es el momento de hablar porque no podemos dejar que este caso y otros muchos se queden en el olvido. Ojalá hubiera habido más valientes como mi tío”, explica con templanza Lourdes.

El Impacto Económico del Terrorismo de ETA

En ‘La bolsa y la vida. La extorsión y la violencia de ETA contra el mundo empresarial’ se lee que entre 1993 y 2010 fueron 10.000 las personas a las que exigieron el ‘impuesto revolucionario’. Se sabe por el descifrado de los códigos alfanuméricos que la organización terrorista añadió a las cartas a partir de 1993.

El estudio de Domínguez le lleva a asegurar que las fuentes de financiación de ETA fueron principalmente los secuestros (106 millones de euros), los atracos (19 millones) y la extorsión (21 millones). Los valores están actualizados.

Otra de las cifras llamativas que aporta el libro es que el terrorismo de ETA tuvo un impacto negativo de 25.000 millones de euros en la economía vasca, actualizado el valor a hoy.

El coordinador del libro, Josu Ugarte, afirma que “ese coste directo estimado ha sido pagado en su mayor parte por el conjunto de los españoles”. Añade Ugarte: “Tan solo la paralización que provocó ETA de la central de Lemóniz supuso un sobreprecio de entre 6.000 y 7.000 millones de euros en los recibos de la luz pagados por los ciudadanos”. El coste de la incidencia en el PIB del País Vasco y Navarra es incalculable, sostienen los autores.

Respecto a las causas de la violencia sistemática contra el empresariado, Ugarte señala que “la búsqueda de fondos para llevar a cabo su actividad terrorista es la causa que prevaleció en la práctica de la extorsión”. ETA colocó bombas contra las instalaciones de las compañías, realizó atracos, envió miles de cartas de extorsión, secuestró a 86 personas entre 1973 y 1997 y cometió 55 asesinatos en sus atentados contra el empresariado.

Florencio Domínguez añade que también hubo otros motivos por los que ETA atentó contra el mundo empresarial. Señala, por ejemplo, que hubo ataques contra intereses económicos franceses para que París dejara de cooperar con Madrid en la lucha antiterrorista. O casos en los que la banda terrorista se arrogó la defensa del ecologismo, como en el caso de la central nuclear de Lemóniz que paralizó o el de la autovía de Leizarán que uniría Navarra y Guipúzcoa, proyecto este último cuyo sobrecoste por la amenaza terrorista fue de casi 100 millones de euros.

ETA entendió muy pronto que la intimidación sistemática y la violencia extrema favorecían el pago del ‘impuesto revolucionario’, un ingreso básico para los terroristas. “Hubo factores que interactuaban: a mayor violencia, más ingresos; a más ingresos, más recursos humanos para atentar y más capacidad de conseguir dinero de la extorsión. De modo que sí, hubo una relación directa entre el miedo y la capacidad de recaudar”, detalla Florencio Domínguez.

Así, no fue casualidad que en 1977 ETA secuestrara, torturara y asesinara a sangre fría al importante industrial y político Javier de Ybarra y Bergé. Cinco días después de su secuestro, la familia Ybarra recibía una carta que rezaba: “La oligarquía de los Ybarra entregará a ETA la cantidad de mil millones de pesetas [50 millones de euros hoy]. En caso contrario, J. Ybarra será ejecutado”. Gaizka Fernández, historiador y coautor de ‘La bolsa y la vida’, explica lo siguiente: “El secuestro y asesinato de Ybarra fue un mensaje para la oligarquía de Neguri, que era la oligarquía española en contraposición con la burguesía del PNV, la aliada nacional: ‘Si no pagáis, os vamos a matar’. Eso aceleró el proceso de extorsión y de pago”. Fue un punto de inflexión.

Como consecuencia, desde finales de los setenta y durante la década de los ochenta el presupuesto de ETA se incrementó exponencialmente gracias en gran parte a los ingresos por el ‘impuesto revolucionario’. Sus acciones terroristas sufrieron un gran auge. No en vano, solo entre 1980 y 1989 los terroristas asesinaron a 412 personas del total de 858, número final del balance mortífero de su medio siglo de acción violenta.

Esa relación también se ve claramente en 2000 tras el asesinato con coche-bomba del empresario José María Korta, entonces presidente de la patronal guipuzcoana Adegi. Florencio Domínguez comenta a este diario que esa acción “conllevó un efecto de intimidación entre los empresarios extorsionados, lo que llevó ingresos a las arcas de ETA”. Un documento intervenido en 2004 a la jefa de extorsión, Soledad Iparraguirre, confirmaba esa correlación: “En el 2000 el efecto Korta tiene su influencia; hay dos años buenos, fructíferos”.

Todas las víctimas de la extorsión con las que ha hablado este diario -unas quieren aparecer, otras no- manifiestan una queja común: el desamparo que sufrieron por parte del conjunto de las administraciones del Estado mientras hacían frente al chantaje y la violencia de ETA.

“No tengo ninguna duda de que el silencio de los empresarios, que no denunciaran y el hecho de que muchos pagaran, es consecuencia del desamparo que sentían ante el comportamiento de los medios gubernamentales”, explica José Manuel Ayesa. Este expresidente de la patronal navarra sostiene que, salvo la Guardia Civil, que tenía un equipo contra le extorsión, los gobiernos e instituciones no dieron importancia alguna al sufrimiento de los empresarios chantajeados y sus familias: “Mientras mis hijos no me dejaban pasear con mis nietos por temor a que pasara algo, los diferentes cuerpos policiales no eran capaces de coordinarse para ayudarnos”.

Hasta los ochenta, Francia era la retaguardia segura de los etarras, que celebraban reuniones a cara descubierta en los bares con los extorsionados

A finales de los setenta y los ochenta, el panorama era peor. Francia era la retaguardia segura de los etarras, quienes celebraban reuniones a cara descubierta en los bares con los extorsionados, y en el País Vasco aún no había una conciencia social e institucional para combatir a los terroristas.

Cuando ocurrió el atentado, a los pocos días ETA exculpó a su padre (herido) en un comunicado de la denuncia de su tío que había propiciado la condena de un terrorista. “En ese momento pensé que ya estábamos vacunados, pero en los ochenta, que fueron muy duros, me volvió la inquietud: ‘A ver si estos vuelven a por nosotros”, confiesa Lourdes.

La Diáspora Empresarial

La situación de violencia y falta de protección institucional que sufrieron los empresarios llevó a no pocos a emigrar a otras regiones de España y al extranjero. La tentación de irse era muy grande.

Unos años más tarde, en 1987, la hoy galerista Blanca Soto montó un espacio multicultural en la céntrica calle donostiarra de Urbieta. Pero al día siguiente de la inauguración, ella y su socio oyeron unos ruidos que les sobresaltaron mientras trabajaban. “De repente, nos vimos rodeados por ocho chicos de Jarrai, habían entrado en el local y echado el cierre”, afirma Soto. “Nos interrogaron sobre nuestras personas, el origen del dinero para abrir el negocio y qué actividades pretendíamos hacer. Nuestras explicaciones no les convencieron, así que destrozaron el local en apenas cinco minutos y nos dieron una paliza de muerte”, explica esta empresaria hoy afincada en Madrid.

Los socios denunciaron los hechos ante la Policía Nacional, cuyo caso llevó personalmente el inspector jefe de San Sebastián, Enrique Nieto. “A los pocos días identifiqué a los ocho jóvenes en una rueda de reconocimiento. Entonces comenzaron a pasar por el negocio los padres pidiéndome que los perdonara, a lo que me negué, por lo que también ellos me amenazaron”, narra Soto.

A continuación, comenzaron a llegarle cartas que incluían amenazas de muerte, hasta siete. “Me sentía aterrorizada. No podías hablar con nadie porque la gente allí estaba acostumbrada a la violencia y a la muerte, solo podía hablar de esto con el psiquiatra, como tantas otras víctimas”, cuenta atribulada.

La banalidad del mal también afectó a la sociedad del País Vasco. Una de las cartas para ella le llegó al político del Partido Popular Gregorio Ordóñez cuando estaba en el Ayuntamiento de San Sebastián. “Pensaban que era mi amigo -señala la galerista-, pero no lo era. Entonces, Gregorio me dijo: ‘Tú eres una ciudadana normal, no te inquietes’; pero yo tenía mucho miedo porque las cartas también llegaban al buzón de mi casa”.

Todo el mundo sabía que el dinero que ingresaba ETA era para matar, un castigo terrible para la conciencia de quien pagaba

La Extorsión en Cifras

La siguiente tabla resume las principales fuentes de financiación de ETA, según el análisis de Florencio Domínguez:

Fuente de FinanciaciónImporte (millones de euros)
Secuestros106
Atracos19
Extorsión21

El Fin de la Extorsión y el Legado Literario

En marzo de 2011 la banda anunciaba a los empresarios que cancelaba su extorsión. José Antonio Sarría, presidente de la Confederación de Empresarios de Navarra fue el destinatario de la misiva para que comunicara «a los empresarios y a la sociedad» que había «quedado cancelada la exigencia» del conocido como pago del impuesto revolucionario.

En 2011 ETA anunciaba el abandono de las armas y Fernando Aramburu arrancaba la escritura de Patria. El cese de la violencia permitió al escritor abordar una certera radiografía del desgarro social y el sufrimiento provocado por el terrorismo, vía la historia del enfrentamiento de dos familias tras el asesinato del empresario El Txato.

La literatura ya había tocado anteriormente el tema de ETA como en el clásico Cien metros (1976) de Ramón Saizarbitoria aunque la ficción era escasa y acotada al País Vasco. El fenómeno editorial de Patria publicada en 2016 y traducida a 37 idiomas ha supuesto un punto de inflexión: considerada "la gran novela de ETA después de ETA" ha abierto brecha a una ola literaria con afán memorialístico donde numerosos creadores vascos se han lanzado a recomponer el relato desde diferentes voces generacionales, narrativas y contextos.

Años antes del éxito rotundo de Patria, Aramburu abordó el germen de ETA a través de Años lentos (Tusquets) donde se trasvasan los recuerdos sentimentales a la memoria colectiva en un retrato preciso del grisáceo San Sebastián de los 70. Aramburu también señaló en el conjunto de relatos cortos Los peces de la amargura (Tusquets) las consecuencias del terrorismo: un padre se aferra a sus rutinas, como cuidar los peces, para sobrellevar el trastorno de una hija inválida a causa de un atentado; un matrimonio, fastidiado por el hostigamiento de los fanáticos contra un vecino, esperan y desean que éste se vaya de una vez, una mujer resiste cuanto puede las amenazas antes que marcharse…El miedo, la asfixia social y la lucha por la supervivencia aparecen contenidos en estas crónicas a través de una narrativa sin dramatismos donde planea una profunda tristeza.

El exitoso debut en la novela de Edurne Portela también coincidió en el tiempo con la cascada de publicaciones post Patria. El comensal, Gabriela YbarraCuentan que en mi familia siempre se sienta un comensal de más en cada comida. Es invisible, pero está ahí. Tiene plato, vaso y cubiertos. De vez en cuando aparece, proyecta su sombra sobre la mesa y borra a alguno de los presentes. El primero en desaparecer fue mi abuelo paterno. Los turistas desganados (Editorial Pre-Textos) es a la vez una historia de amor y un retrato de verano salpicado con microensayos sobre el compositor Benjamin Britton, en el que los recuerdos conducen a la relación de la sociedad vasca con la violencia en episodios como los coches bomba, las cárceles o las huelgas de hambre. En La línea del frente (Salto de Página) lanza preguntas sobre la construcción de la identidad con la violencia de ETA como trasfondo. Anterior a Patria, Twist (Seix Barral) tiene como punto de partida la desaparición y el asesinato de dos militantes de un grupo armado (remite al caso Lasa y Zabala sin mencionarlos). Cano vuelve al entorno de ETA con La voz del Faquir (Seix Barral), una biografía ficcionada del cantautor Imanol que se detiene en sus años de militancia en la banda, la cárcel, el exilio en París o la caída en desgracia para la izquierda abertzale. En el recorrido de Como si todo hubiera pasado (Galaxia Gutenberg), Zaldua señala una realidad compleja: desde los vínculos afectivos a los silencios en las conversaciones entre amigos o la mirada sobre la realidad post ETA encarnada en la fragilidad de la memoria y la necesidad de reconstrucción. Cien metros (Erein) es un puzle que se enfoca en los últimos minutos de vida de un miembro de ETA (aunque no se menciona de forma explícita a la banda) hasta que cae abatido por la Ert...

ETA anuncia el cese de la extorsión a empresarios.