En el mundo empresarial, a menudo surge la pregunta de si los empresarios solo están motivados por la búsqueda de beneficios. Este artículo explora esta cuestión, analizando el papel de los empresarios en la sociedad, su contribución a la economía y las diversas perspectivas sobre sus motivaciones.
Vicente Boluda, presidente de AVE, ha destacado que “la mayor parte de los empresarios, sean del tamaño que sean y del sector en el que desarrollen su actividad, somos conscientes del importante papel que jugamos en la construcción y fortalecimiento de nuestra sociedad”.
Manuel Pérez-Sala, presidente del Círculo de Empresarios, ha querido destacar en su intervención que «la figura del empresario es esencial en cualquier sociedad libre para el progreso y la creación de riqueza y empleo”.
En este contexto, es crucial analizar si esta búsqueda de beneficios es el único motor que impulsa a los empresarios o si existen otros factores que influyen en sus decisiones y acciones.
La Contribución de los Empresarios a la Economía
El sector privado desempeña un papel fundamental en la economía de un país. Desde el Ivie se ha presentado la aportación del sector privado, en la medida en la que en sus empresas participan de forma conjunta, los empresarios y los trabajadores, creando actividad económica y riqueza.
En primer lugar, Maudos ha destacado que las más de 3,4 millones de empresas registradas en nuestro país aportan el 85,2% del PIB nacional y 84,3% del empleo.
El sector privado también es el responsable de generar el 90,8% de la inversión total ejecutada en España. En 2021, último ejercicio disponible, las empresas privadas invirtieron 216.566 millones de euros, frente a los 21.984 de las Administraciones Públicas.
Por último, el investigador del Ivie ha analizado la aportación de las empresas a los ingresos públicos en dos variables: en el caso concreto del impuesto de sociedades y en las cotizaciones sociales a la seguridad social. En el primer caso, los 32.339 millones aportados en 2021 suponen el 10,9% del total de impuestos recaudados por las AA.PP.
En resumen, según Joaquín Maudos, «los indicadores que acompañan al Observatorio muestran claramente la riqueza que las empresas aportan a la sociedad española en forma de puestos de trabajo, rentas e inversiones que impulsan el crecimiento.
Un 63% de los encuestados se muestra muy satisfecho o satisfecho tras haber emprendido.
1 de cada 2 personas considera que la sociedad española es emprendedora.
El sector servicios se mantiene como el más señalado entre todas las franjas de edad para emprender.
Contribución de las PYMES a la economía española.
La Percepción Pública de los Empresarios
“Es la primera vez que se mide la percepción de la opinión pública española sobre la valoración de los empresarios en nuestro país en todas sus variables”, ha declarado Narciso Michavila.
Cuando se ha preguntado a Ángela Pérez, vicepresidenta de desarrollo de negocio de Health in Code, por el emprendimiento en nuestro país, ha declarado que “España es un país emprendedor en la medida en la que parte de sus ciudadanos aglutijnan atributos propios de los empresarios”.
La Ética Empresarial y la Responsabilidad Social
En este segundo bloque del acto, Adela Cortina, directora académica de la Fundación Étnor y catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universitat de València, ha impartido esta ponencia.
Jaume Guardiola, presidente del Cercle d’Economia, ha destacado en primer lugar que “en este momento en el que estamos, de sostenibilidad, emergencia climática y cambio, es importante el relato empresarial. Tomar la responsabilidad, tomar parte de ese reto y hacerlo propio”.
Hoy en día, las empresas no solo deben enfocarse en obtener beneficios, sino que también deben ser responsables socialmente. Esto implica mejorar la calidad de vida de las comunidades a través de iniciativas de responsabilidad social empresarial (RSE).
Las empresas tienen el poder de influir positivamente en su entorno, y es fundamental que integren la sostenibilidad y la ética en sus operaciones diarias.
Críticas a la Búsqueda Exclusiva de Beneficios
La búsqueda exclusiva de beneficios por parte de los empresarios ha sido objeto de críticas. Se argumenta que esta visión puede llevar a la explotación de los trabajadores, la evasión de impuestos y la falta de inversión en el bienestar social.
Cuando un empresario dice cosas como las que acaba de decir el Sr. Roig, por lo demás un empresario de éxito que efectivamente ha creado mucha riqueza y no precisamente el que peor trata a sus empleados en España, se está manifestando la enorme ceguera con la que actúa el empresariado español.
Cayendo desgraciadamente en esa falacia básica, los empresarios confunden el coste salarial, cuya subida puede ser negativa para algunas empresas, con el salario como componente de la demanda que, cuando sube, incrementa los ingresos de todas las empresas en su conjunto.
Y están ciegos los empresarios que creen que los enemigos de las empresas son los trabajadores o el gobierno cuando, en realidad, son otras empresas -las financieras y las que tienen poder de mercado- las que ahogan a la inmensa mayoría.
Cuando los empresarios se convierten en rentistas y en extractores de riqueza que generan otros en lugar de impulsores de la eficiencia, la competencia y la innovación se convierten en un lastre para la economía y el bienestar.
En el título de su famoso y controvertido artículo de hace unas décadas, Milton Friedman sintetizó esta visión: La responsabilidad social de la empresa es incrementar sus beneficios.
Este propósito sería, a su vez, lo que explicaría la acción de todos ellos: hacen lo que hacen para ese obtener o incrementar beneficios.
Esta visión hace pensar que MBA significa, en realidad, Marxist Business Administration.
En la perspectiva social, el empresario (o el capitalista) no es más que un engranaje, algo movido que, sin embargo, no es la causa de su movimiento.
La Acción Empresarial Más Allá del Beneficio Financiero
Preguntarnos por la acción del empresario es indagar por un sujeto, es decir, por un ser consciente de sí mismo que tiene experiencia.
El sujeto toma todo lo que lo rodea, precede y excede para darle una forma propia en él: para hacerlo consciente de una cierta manera, y entonces dominarlo, transformarlo, aceptarlo, resistirlo o destruirlo.
La maximización es algo que él vive pasivamente: es un recibir, que en muchos casos es una gratificación.
Pertenece más bien al orden del placer y el deseo del empresario: si vamos a entrar en esta parte de la subjetividad, tendremos que examinar cómo la primera relación con la ganancia no es financiera, sino, ante todo, deseante y, si se quiere, libidinal.
El propósito primero del empresario es hacer la empresa, la cual, por supuesto, puede y debe traer la consecuencia querida del retorno de inversión, de la maximización de ganancias.
Pero esto viene después: el objetivo de la primera acción del empresario es la empresa en sí misma, hacerla, llevar a cabo una voluntad o idea.
Para vencer el miedo hay que querer ello mismo que traería ese resultado anhelado: la empresa, la obra de la acción.
Nadie se hace empresario, ni asume sus riesgos, con el único propósito de obtener beneficios económicos e incrementarlos.
El empresario puede querer el dinero derivado de una cierta organización y actividad, pero debe, primero, querer esa organización.
Si el empresario busca, como todo sujeto, la realización de su voluntad en el mundo, también espera, como todo sujeto, que el mundo lo reconozca.
Es sabido que un empresario, a diferencia de un limosnero, no se limita a pedir dinero y ya: hace algo para que se lo den.
Precisamente, organiza un conjunto de actividades en función de motivar esa transacción: monta una organización.
Su primer y mayor mérito es advertir un movilizador de esa acción de reconocimiento, esto es, darse cuenta de cómo y de qué manera puede actuar para que otro -un cliente- reconozca su acción mediante una compra.
Es el descubrimiento de lo que es valioso para otros.
El empresario tiene una representación del deseo de sus clientes potenciales. Y busca satisfacerlo para que, a su vez, estos satisfagan su deseo.
Su gratificación viene no solo de la ganancia obtenida en cada transacción, o en su conjunto, sino de la experiencia del acierto: de la conciencia de que satisfizo lo que esperaba otro.
Esta satisfacción por la satisfacción del otro, este placer del reconocimiento del otro, se deriva de un sentimiento moral que rompe con la figura del egoísta homo economicus: la simpatía, que es la capacidad de sentir lo que siente el otro.
El descubrimiento de lo que es valioso para el otro, que es el hallazgo de un cliente potencial, requiere indudablemente la simpatía: es darse cuenta de lo que es un bien, bueno, para alguien.
El Empresario como Generador de Riqueza y Bienestar Social
En el debate público sobre la empresa se ha instalado una idea tan intuitiva como equivocada: la de que la economía es un juego de suma cero.
Como señalaba hace unas semanas el Catedrático de Economía Rafael Pampillón, este pensamiento es una falacia. La evidencia demuestra que cuando una empresa crece genera empleo, paga impuestos, compra a proveedores y contribuye al desarrollo de su entorno.
El crecimiento privado tiene un impacto público indiscutible, pese a quien pese.
La riqueza es una tarta de tamaño fijo cuando se reparte, pero es una masa viva en manos del empresario que puede crecer si existen las condiciones adecuadas.
La prosperidad de una sociedad no depende tanto de cómo reparte lo que tiene, sino de su capacidad para generar más.
Innovar, invertir, trabajar y asumir riesgos son los factores que hacen que la tarta crezca. Y esto hacen los empresarios y empresarias en toda comunidad.
Sin generación de riqueza no hay justicia social posible: ni empleo de calidad, ni recaudación suficiente, ni servicios públicos sostenibles ni Estado del Bienestar.
La pobreza solo reparte miseria. Para repartir, primero hay que tener. Y para tener más, hay que apoyar a las empresas para que innoven, sean más competitivas y generen más riqueza para ellas, sus empleados y toda la sociedad.
Por el contrario, cuando se parte de la idea de que la ganancia de unos se produce a costa de los demás y se demoniza a quien la genera -el empresario-, se desincentiva la iniciativa y se frena el progreso.
En este contexto, resultan especialmente valiosas las palabras del empresario Juan Roig, quien hace poco recordaba que “los empresarios no debemos avergonzarnos de ganar dinero”.
Su mensaje encierra una verdad esencial: el beneficio legítimo no es un problema, como se le quiere hacer ver, sino parte de la solución. Ganar dinero de forma honesta y productiva no debe generar culpa ni sospecha, sino reconocimiento.
Sin beneficio no hay inversión, sin inversión no hay empleo y sin empleo no hay bienestar. La riqueza privada, lejos de ser un obstáculo, es el soporte de la prosperidad colectiva.
Por desgracia, el discurso público español, y Navarra no es una excepción, tiende a confundir la justicia con la igualdad de reparto, olvidando que el progreso real proviene de la suma de esfuerzos individuales y del dinamismo empresarial.
Penalizar el éxito, estigmatizar la rentabilidad o limitar la libertad empresarial equivalen a frenar el motor del crecimiento. Un país que mira con desconfianza a quienes crean empleo y valor está condenando su propio futuro.
Cuando se castiga la iniciativa o se somete al sector productivo a una presión asfixiante, la inversión se retrae, la productividad se estanca y el país o la región se empobrece.
No hay redistribución que compense una economía sin dinamismo. El verdadero progreso consiste en ampliar las oportunidades para todos, no en nivelar por abajo.
Cuanto más fácil sea emprender, innovar o contratar, más valor se generará y más sostenible será el sistema de bienestar.
Lo hemos dicho antes: la riqueza empresarial no es el problema, sino parte esencial de la solución.
Los países que prosperan estimulan la iniciativa privada, valoran el beneficio legítimo y reconocen que sin empresas dinámicas no hay empleo, ni innovación, ni bienestar.
Como recordaba Roig, “cuanto más dinero ganemos las empresas, más riqueza generaremos para la sociedad”.
Esa afirmación, tan simple como contundente, debería ser el punto de partida de cualquier política económica sensata. Generar riqueza no es un eslogan, sino la estrategia.
Supone confiar en la capacidad de las personas y de las empresas para generar valor, y en el papel del Estado como garante de un entorno estable y competitivo.
Las sociedades que progresan entienden que la riqueza no se quita: se crea. Y sólo desde esa creación compartida puede sostenerse el bienestar de todos.
Pirámide de Maslow y las necesidades humanas.
El Mercado de Empresarios en la Historia del Pensamiento Económico
Actualmente, en las noticias económicas de cualquier país, desarrollado o emergente, encontramos numerosas referencias sobre los empresarios, el emprendimiento, las startups, los business angels, las rondas de financiación de nuevos proyectos empresariales o las políticas públicas de promoción empresarial.
Esta indiferencia generalizada contrasta con el amplio alcance de las obras donde aparecen propuestas sobre la importancia de la actividad empresarial.
A lo largo de la historia de las ideas económica, reconocidos economistas han tratado la función empresarial como tema de análisis relevante y, entre ellos, cabe destacar a Jean-Baptiste Say, Alfred Marshall, Frank H. Knight o Joseph A. Schumpeter.
Un gran número de estas propuestas han partido de considerar la función empresarial como un factor de producción más y, en ocasiones, algunos autores han estimado que la actividad de los empresarios, su vinculación a diferentes acciones productivas y su retribución económica estaban sujetas a las mismas leyes que cualquier otro factor y debían analizarse con las mismas herramientas que estos: la oferta y la demanda.
Esta idea del mercado de empresarios no ha sido recogida en los trabajos de referencia sobre el pensamiento histórico de las teorías del empresario por autores como Redlich (1949), Hoselitz (1951), Hébert y Link (1982, 2009), Blaug (1986), Ekelund y Hébert (1990), Elkjaer (1991) o Marco (1998).
Sin embargo, hemos encontrado tres contribuciones - Say, Marshall y Knight- que proponen un mercado de empresarios.
El objeto de este trabajo consiste en analizar el particular y reiterado intento de introducir al empresario en la actividad económica a partir de la idea de que es un factor de producción y su retribución y asignación se determina en el mercado de empresarios.
Apoyándonos en un análisis comparativo de las tres contribuciones, concluimos que el mercado de empresarios procede principalmente de una preocupación por determinar la retribución del empresario.
Richard Cantillon: La Empresa y los Empresarios
Essai sur la nature du commerce (1755) de Cantillon abre una teoría de aproximación a la función empresarial que ha servido de referencia en casi todos los estudios posteriores (Hébert y Link, 1989, pp. 40-43).
En su estructura teórica considera que la tierra es la fuente o materia de donde se extrae la riqueza, mientras que el trabajo es la forma de producirla.
De esta visión bipartita de los factores productivos, extrae tres agentes que obtienen ingresos del proceso productivo: los propietarios, los contratados y los empresarios.
Así, por primera vez, el empresario aparece como un criterio de clasificación de la actividad económica individual y también como una función necesaria para la producción, junto a la tierra, el trabajo y el capital (Redlich, 1949, p. 146; Blaug, 1986, p. 220).
El capítulo decimotercero de la primera parte, titulado «La circulación y el trueque de bienes y mercaderías, lo mismo que su producción, se realiza en Europa por empresarios a riesgo suyo», tiene una extraordinaria importancia en nuestro objeto de estudio.
Aquí la producción viene determinada por la toma de decisión de los empresarios, quienes establecen los niveles de producción persiguiendo un beneficio residual, definido como la diferencia entre los costes conocidos y los ingresos inciertos, que determinará su continuidad en el negocio.
Una incertidumbre estructural impide conocer tanto la demanda total -es decir, los habitantes y sus gastos- como la particular de cada productor1.
Por un lado, la respuesta a esta situación es el comportamiento adaptativo de los empresarios que permite calcular (con la ayuda del coste de oportunidad) y modificar la producción hasta que esta alcance la combinación satisfactoria para cada circunstancia.
Por otro lado, el empresario desempeña un papel esencial en el desequilibrio entre el valor y el precio.
La actuación con el fin de apropiarse de esa diferencia convierte al empresario en el motor del comercio porque busca beneficios en el mercado a través de las diferencias de precios, de la estimación de la demanda y de la exploración del entorno.
El mercado es, por tanto, el efecto de la actuación empresarial y también su causa2.
El mercado es un mecanismo de reparto que también delimita la cantidad de empresarios y su remuneración en cada lugar.
El ajuste se realiza de acuerdo con la captación de oportunidades de beneficio por parte del empresario y a la aparición de pérdidas por el descenso del precio de los bienes.
En definitiva, la obra de Cantillon presenta una actividad económica orientada hacia el mercado. Pero tan solo será el primer paso de un proceso intelectual más extenso.
Como señala Polanyi, una economía de mercado necesita abarcar todos los elementos de la producción, aplicando el concepto de mercancía a los recursos necesario para la producción (Polanyi, 1944, pp. 75-6).
Jean-Baptiste Say: El Mercado de Servicios Empresariales
Es necesario comenzar recordando que Say ejerció la actividad empresarial. Como es sabido, tras su expulsión del Tribunat por sus ideas contrarias al intervencionismo napoleónico y hasta que volvió a Paris en 1813, adquirió maquinaria inglesa fiscalizada en aduanas y desarrolló en Auchy un establecimiento algodonero del que dependían casi quinientas familias de esta localidad (Schoorl, 2012, pp. 38-40).
Por lo tanto, la obra de Say es fiel reflejo de una incipiente revolución industrial que ha introducido mayoritariamente la maquinaria en el proceso de producción y que ha convertido al capitalista en el grupo social de referencia en las sociedades avanzadas.
La obra de Say supone una ruptura con el concepto tradicional de producción.
Para este autor francés, todos los recursos productivos son objetos de un derecho de propiedad -de carácter absoluto, exclusivo y perpetuo- que otorga a su titular la libertad total de su uso y la garantía de sus frutos.
Esta utilidad que los fondos generan para la producción pasa a ser una mercancía que, bajo el término servicio productivo, puede ser objeto de intercambio3.
Sus propietarios son respectivamente el capitalista, el terrateniente y el hombre industrioso, aunque este último puede diferenciarse en sabio, empresario y obrero porque la actividad humana en la producción siempre implica tres operaciones: la generación del conocimiento, su aplicación y la ejecución de tareas (O’Kean y Menudo, 2002, pp. 589-591).
Por lo tanto, el servicio empresarial consiste en la gestión del conocimiento para la creación de mercancías.
Tanto los bienes y servicios finales como los recursos necesarios para la producción tienen utilidad y por lo tanto un valor determinado por el mercado (Steiner, 1997, pp. 612-613).
En los páginas dedicadas al beneficio, Say siempre describe cinco mercados de servicios productivos para explicar la determinación de los precios de los recursos.
Los propietarios de fondos rehúsan asumir la incertidumbre de su uso a cambio de un ingreso seguro y el empresario requiere factores para la producción (Say, 1968, p. 324).
La diferencia residual entre el pago de los recursos (revenue) y el ingreso obtenido por el empleo de cada uno, denominado beneficio, conforma la retribución del empresario.
Desafíos Actuales de las Empresas
Las empresas del siglo XXI enfrentan desafíos únicos en comparación con las de hace algunas décadas. La globalización y la digitalización son dos de los mayores retos a los que deben adaptarse para seguir siendo competitivas.
Principales desafíos:
- Globalización: Las empresas deben adaptarse a un mercado global, compitiendo no solo a nivel local, sino también internacional.
- Adaptación tecnológica: La digitalización es clave para la supervivencia empresarial en un mundo cada vez más conectado. Las empresas que no se adapten a la tecnología están en riesgo de quedarse atrás.
- Sostenibilidad: La crisis climática ha llevado a las empresas a integrar prácticas sostenibles, como la transición hacia energías renovables y la reducción de su huella de carbono.
La Importancia de una Estrategia Empresarial
Para enfrentar estos desafíos y aprovechar las oportunidades del mercado, es esencial que las empresas desarrollen una estrategia empresarial sólida.
Una buena estrategia no solo les permitirá sobrevivir en un entorno competitivo, sino también prosperar y liderar en su sector.
Empresario Millonario: Cómo Construir NEGOCIOS EXITOSOS Y atraer RIQUEZA | Germán Osorio| Picardías
En resumen, entender qué es una empresa y su rol en la sociedad es el primer paso para cualquier persona interesada en el mundo empresarial.
Las empresas no solo son pilares económicos, sino también motores de innovación y agentes de cambio social.
