"12 hombres sin piedad" es una obra dramática del autor Reginald Rose. Inicialmente el guion fue escrito para televisión, pero posteriormente se adaptó para ser llevada al cine y al teatro. Reginald Rose nació en Estados Unidos y dedicó su vida a escribir guiones, especialmente para televisión, en la década de los años 50 del siglo pasado. En sus argumentos se refleja el interés por cuestiones sociales y políticas de gran controversia con un enfoque claro y preciso de la realidad colectiva.
Su obra más conocida y exitosa es "12 hombres sin piedad", donde relata la complejidad del ser humano para discriminar entre sentimientos y realidades con la dificultad de ser mínimamente objetivos. La serie televisiva se estrenó en 1954, posteriormente el autor la adaptó para ser llevada al teatro con gran éxito de público y en 1957 se rodó finalmente la película, dirigida por Sidney Lumet. Este filme es uno de los que mejor representa esa comunión entre televisión, teatro y cine.
El hilo conductor de la compleja trama presenta a un jurado compuesto por 12 hombres muy distintos entre sí que deben alcanzar un acuerdo sobre si consideran al acusado culpable o inocente. La acusación es de homicidio y lo que dictaminen tendrá consecuencias importantes. Ante los doce miembros del jurado, un magistrado da por finalizado el juicio a un joven de 18 años por haber cometido el delito de matar a su padre, y les pide que se retiren a deliberar el veredicto.
Si finalmente el acusado es considerado culpable, su condena será ser enviado a la silla eléctrica por el cargo de homicidio en primer grado. Cuando parece que no van a tardar demasiado en decidir un veredicto de culpabilidad, uno de ellos no lo tiene tan claro, sostiene lo que llama “una duda razonable“, aquella que debe hacer reconsiderar cualquier acusación. La persona que se opone al pensar mayoritario expondrá sus argumentos y pedirá una nueva votación para ver si alguien más se lo ha pensado. Votación a votación, las dudas, enmascaradas antes por una aparente claridad, empezarán a surgir.
El grupo decide entonces reconsiderar su decisión y revisar el caso de forma más pausada. Debaten sobre las pruebas presentadas, las declaraciones efectuadas por los testigos y sacan nuevas conclusiones. Esto es quizás lo realmente mágico de la película, el espejo que pone delante de nosotros para decirnos que debajo de muchas de las opiniones o creencias que sostenemos y defendemos hay razones que no nos atrevemos a confesar.
El Liderazgo y la Duda Razonable
La duda razonable se plantea cuando todos los miembros del jurado quieren zanjar la deliberación de forma precipitada, llegando a un consenso de culpabilidad. En una rápida e irreflexiva primera votación, todos, excepto uno de los miembros del jurado, declaran al acusado culpable del crimen.
Es entonces cuando la capacidad de liderazgo del miembro discrepante atrae hacia sí a los demás componentes del grupo, que poco a poco irán dudando culpabilidad del joven acusado. Este personaje que enciende la mecha refleja en su interpretación las características que definen a un buen líder:
- Sabe escuchar: En el trascurso de la película, el protagonista escucha atentamente todas y cada una de las opiniones, sin caer en la tentación de interrumpir el discurso del resto de los miembros del jurado. El simple hecho de escuchar le permite reunir información e identificar problemas, tomar decisiones y resolver conflictos.
- Logra que sus compañeros se sientan importantes e integrados en el jurado, lo que hace más fácil que se comprometan, para dejar poco a poco la postura cómoda de la creencia no meditada e implicarse en el debate.
- Es asertivo: Los miembros del jurado quieren zanjar el asunto cuanto antes. Sin embargo, contra esta corriente, nuestro personaje expresa su desacuerdo. No es una postura sencilla esa la de enfrentarse a la mayoría. Se expone, por ejemplo, a que el juicio sobre el acusado se transforme sobre un juicio sobre su persona.
De la misma manera, un líder manifiesta su opinión real, por encima de la inercia de la corriente social. Es consciente de su responsabilidad y la asume, aunque hacerlo le coloque en una posición incómoda. Además, un buen líder es capaz de recordare a las personas que le acompañan las consecuencias de las decisiones como grupo.
- Dirige, coordina y modera: El personaje principal modera las discusiones entre los miembros del jurado, maneja y resuelve conflictos y se asegura que la comunicación es fluida y efectiva. Una persona que quiera convencer con argumentos tiene en la película un buen espejo en el que mirarse, por encima de que su autoridad mane de otras fuentes, como un mayor prestigio o una experiencia más dilatada.
- Es honesto: Nuestro líder en la película no se posiciona de manera cerrada. En la primera votación, vota “inocente” porque quiere que el debate se abra. No porque quiera posicionarse en este lugar. Son más las circunstancias las que hacen que lo elija. Es consciente de que si él no se manifiesta en contra de la posición mayoritaria, no habrá debate.
En este sentido, es honesto en su posición. No se cierra, sino que expresa que tiene dudas. Que no lo sabe, que por eso quiere escuchar los argumentos de las personas que sí tienen una opinión formada. Es así cómo consigue la implicación de los demás, algo muy complicado si hubiera buscado el enfrentamiento directo.
El Inicio de la Deliberación
Doce hombres sin piedad se abre con una lenta panorámica sobre las solemnes columnas clásicas de la sede del Tribunal de Justicia de Nueva York. “Han asistido a un caso largo y complejo: asesinato en primer grado. El homicidio premeditado es el crimen más grave para un tribunal penal.
Han escuchado los testimonios y se ha interpretado la ley al respecto. Ahora deberán reflexionar para intentar separar lo real de la fantasía. Un hombre ha muerto y la vida de otro está en juego. Si albergan una duda razonable sobre la culpabilidad del acusado, una duda razonable, deberán emitir un veredicto de inocencia. Si no existe una duda razonable, deberán, con la conciencia tranquila, deberán declarar culpable al acusado.
Sea cual sea su decisión, su veredicto deberá ser unánime. En el caso de que declaren al acusado culpable, el tribunal no acogerá una recomendación de clemencia. La pena de muerte es obligatoria en este caso. Van a asumir una gran responsabilidad.
Mientras discurre ese postrero discurso judicial, un travelling nos deja ver los rostros de los jurados, una manera de presentarlos, pero también de que exploremos sus caras mientras escuchan la advertencia del Juez. Luego los jurados comienzan a abandonar la Sala mientras el acusado, un chaval, mira angustiado a los hombres , sus iguales, que van a decidir su suerte, la de un acusado de la muerte de su padre. Lumet funde, muy lentamente, ese rostro con la imagen de la sala del jurado, la jury room, donde se va a decidir su futuro .
Esos hombres que el acusado mira en primer plano son por una ley anciana sus iguales, pues en ello reside la vieja institución del jurado, ser juzgado de manera imparcial y conforme con la ley por hombres libres y no sólo por la autoridad omnímoda del Rey. Los doce hombres seleccionados para formar ese jurado, abandonan la sala donde han escuchado al fiscal y al abogado defensor, así como a sus testigos y peritos. Tienen la obligación de pronunciar un veredicto según su saber leal y entender, son legos no jurisconsultos, pero sujetos a un mandato constitucional imperativo, uno de los pilares individuales del Estado de Derecho: toda persona es presumida inocente.
Es en este punto en el que reside el gimmick, el pivote del guión sobre el que va a girar toda la estructura de la trama. Cuando abandona la sala también algunos jurados miran al chaval acusado de la muerte de su padre; otros abandonan la sala sin más.
