Antes de que la canadiense Florence Nightingale Graham (1878-1966) decidiera cambiar su suerte en Estados Unidos y su nombre por el de Elizabeth Arden, el maquillaje estaba reservado al teatro y a las mujeres de mala reputación. Las cremas faciales y los ungüentos olían a medicina, se proclamaban sus virtudes con el tono de un feriante y pocos habían pensado en presentarlos en envases delicados. Nada que ver con el glamur que los envolvería.
La pequeña de los Graham fue la quinta de una pareja de inmigrantes que vivía en un suburbio cercano a Ontario, en Canadá. Sus padres la bautizaron Florence Nightingale, como la pionera de las enfermeras británicas, aunque ella sería incapaz de estar en contacto con la enfermedad. Por el contrario, le gustaban las cosas bellas y decía que con los cuidados adecuados cualquier mujer podía llegar a la vejez con un aspecto hermoso. Arden llegó a confesar que había mentido tanto sobre su edad que le resultaba imposible recordar la verdadera.
Florence Nightingale Graham, tal el verdadero nombre de la empresaria Elizabeth Arden, nació el 31 de diciembre de 1884, en Woodbridge, Ontario, Canadá. Graham creció en una granja, criado en una familia que no tenía mucho dinero.
Para ayudar a su familia, Graham realizó diversos trabajos ocasionales desde joven, tras perder a su madre a los seis años. Finalmente, comenzó a estudiar enfermería, mostrando un interés particular en las técnicas para el cuidado de las quemaduras.
Comenzó a experimentar en la cocina de su casa, transformándola en un laboratorio en busca de la crema de belleza perfecta. A pesar de los numerosos fracasos y el desánimo de sus seres queridos, quienes le aconsejaban dedicarse a otra cosa, persistió en su sueño de crear su propia marca de cosméticos. Su padre le sugirió que se casara, como hacían sus amigas, pero ella estaba decidida a emprender.
Tenía 30 años, aunque su constitución delicada le hacía aparentar 20, cuando se marchó para hacer fortuna a Nueva York, donde estaba instalado su hermano mayor. La muerte de su madre aumentó las estrecheces de la familia, y Florence tuvo que abandonar el colegio para buscar trabajo.
Un puesto como contable en la compañía farmacéutica E. R. Squibb, especializada en aceites de uso hospitalario, le permitió acceder al laboratorio y aprender algunos conceptos básicos sobre el cuidado de la piel.
El Negocio de la Belleza
A los 30 años y con el objetivo de poner en práctica sus ideas, se trasladó a Nueva York. Allí consiguió trabajo como asistente de una esteticista llamada Eleanor Adair y, en 1910, decidió abrir su primer salón en la Quinta Avenida junto a su socia Elizabeth Hubbard y gracias a un préstamo de 6.000 dólares. Era un local muy discreto: sólo tenía tres salas de tratamiento y un laboratorio y contaba con un equipo formado únicamente por la propia Elizabeth, su socia y dos ayudantes.
Cuando la alianza se rompió, Florence consiguió que su hermano le prestara 6.000 dólares para quedarse con el negocio. Mantuvo el nombre del local y lo adoptó para sí misma.
La idea de su nombre surgió de sus lecturas. El libro "Elizabeth and her German garden" y la obra de Lord Tennyson "Enoch Arden" le inspiraron a combinar ambos títulos, creando así "Elizabeth Arden".
En 1914, la sociedad con Hubbard se disolvió, pero Elizabeth decidió continuar en el mundo de la belleza y contrató a un equipo de químicos para desarrollar una crema facial que se convertiría en el primer producto de su exitosa línea de cosméticos.
Elizabeth Arden cambió el concepto del maquillaje, que hasta entonces estaba asociado principalmente a las prostitutas, e introdujo en Estados Unidos el maquillaje para ojos, la barra de labios roja y la primera línea completa de cuidados de la piel y color.
En 1914, buscando hacer crecer su negocio, contrató un equipo de químicos para desarrollar cremas faciales y lociones. En el momento que Arden estaba comenzando su negocio, el maquillaje estaba más asociado a las prostitutas que a las mujeres respetables.
En 1908, se estableció en la ciudad de Nueva York, donde consiguió un trabajo como asistente de una esteticista llamada Eleanor Adair. Graham entonces invirtió $ 1.000 para iniciar un salón con Elizabeth Hubbard, en 1910. La asociación de Graham con Hubbard pronto se disolvió, pero ella optó por permanecer en la industria de la belleza. Graham también comenzó a utilizar el mismo nombre que su salón: Elizabeth Arden.
Al igual que con los salones, fue pionera al crear un nuevo método para el cuidado de la piel, desbancando la idea que se tenía por aquella época de que la misma crema servía para todo y para todos. De esta forma nace una nueva fórmula en el tratamiento moderno, los cuatro pasos básicos, limpiar, tonificar, hidratar y nutrir con diferentes fórmulas para distintos cutis. Limpiadoras y tónicos fueron algunos de sus mayores éxitos así como una de sus mayores fuentes de ingresos.
En 1915, la marca Elizabeth Arden ya estaba consolidada en Estados Unidos y decidió expandirse internacionalmente. En 1922, fundó un salón en París y luego abrió negocios en Sudamérica y Australia. En la década de 1930, la empresa prosperó incluso durante la Gran Depresión, generando más de 4 millones de dólares al año.
Elizabeth, quien visitó España en 1957 y fue pionera en realizar campañas publicitarias en cines, nunca dejó que la fama le impidiera seguir haciendo lo que le gustaba. Sin embargo, modificó sus rutinas y, aunque pasó muchos años aplicando sus productos en su salón de la Quinta Avenida, la gran afluencia de clientela la obligó a prepararlos para ser aplicados en casa.
A la vez, introdujo las demostraciones en los establecimientos donde se vendían sus productos, enseñando los secretos de su utilización.
En 1915, la marca de Arden ya se estaba expandiendo a nivel internacional. Estableció un salón en París en 1922; otros le siguieron en América del Sur y Australia. La empresa logró florecer durante la Gran Depresión; durante la década de 1930, ganaba más de $ 4 millones al año.
Además de empresaria, Arden también era sufragista. En 1912, participó con 15.000 mujeres en una marcha por los derechos de las mujeres. Arden allanó el camino para muchos productos de belleza que ahora son comunes, incluyendo artículos de tamaño reducido para viajes. Además, fue la primera en ofrecer cambios de imagen en las tiendas.
El Trabajo Antes que el Amor
Un viaje a París en 1912 le descubrió la moda del maquillaje. A su regreso a Estados Unidos, importó la idea. Con la ayuda del químico Fabian Swanson, creó su primer producto estrella, la crema veneciana Amoretta, que se complementaba con el tónico de piel Arden.
A diferencia de las texturas untuosas elaboradas con derivados del petróleo, Elizabeth puso en el mercado cosméticos suaves y con aromas florales. La que fue una niña pobre se instaló en un apartamento decorado en color rosa, su favorito. Lo utilizaba en toda su ropa y en sus sábanas, que hacía cambiar y planchar a diario. Sin embargo, tras esa imagen naif se escondía una empresaria de carácter fuerte y talante tiránico con sus empleados. En eso coincidía con su gran rival, Helena Rubinstein.
Fue en 1930 cuando formuló la Eight Hour®. Nació como bálsamo multifunción, más cerca del ungüento medicinal que de la cosmética. La idea de Arden era vender algo que curara los problemas más comunes de la piel. Este producto trataría los labios agrietados, las manos secas, las pieles quemadas y las rozaduras.
Se dice que cada treinta segundos, en algún lugar del mundo, se vende una Eight Hour®.
La Eight Hour® pronto levantó el vuelo. No sólo servía para rescatar a la piel, algo bastante prosaico, sino que era un híbrido perfecto entre medicina y maquillaje. Aquí, ya entrábamos en el terreno de lo deseable; este producto no solo se necesitaba, también se quería. Su fórmula proporciona brillo a los labios, mejillas y párpados, da forma a las cejas, suaviza cutículas, da efecto satinado a hombros y escote, hidrata y da brillo a las piernas, acaba las puntas del cabello y, prácticamente, sirve para lo que cada uno quiera.
La lista de usos de la Eight Hour es enorme. Tanto como la de sus usuarios anónimos y conocidos. Sus grandes militantes han sido los maquilladores, que llevan décadas incluyéndola en sus rutinas. Algunas estrellas como Victoria Beckham, Catherine Zeta-Jones o Amanda Peet han confesado su admiración; a otras muchas las han maquillado y maquillan con frecuencia con ella. Es un clásico en los duty free de los aeropuertos y en la venta a bordo del avión. La usan hombres, mujeres y niños de todas las edades. El Príncipe Harry -cómo nos gusta esta anécdota- la llevó en su equipaje durante una expedición al Polo Sur.
La Eight Hour® apenas ha modificado la fórmula (compuesta por vaselina, calmantes Beta-Hydroxy y Vitamina E) desde que nació, hace casi un siglo. Para qué. La marca ha desarrollado una línea a partir de sus ingredientes que incluye, entre otros productos, un aceite, hidratante diaria con protección, crema de manos, bálsamo de labios y protector solar. También una versión sin fragancia, uno de los puntos más distintivos de la crema.
Elizabeth Arden no tardó mucho en ser una de las mujeres más ricas del mundo, en un mundo en el que las mujeres no tenían fortuna propia. Y, lo más importante, concedió un status de seriedad a la cosmética del que carecía.
Estamos ante un producto lleno de carisma. Va superando tendencias cosméticas como si fueran pantallas de un videojuego. Si se llevan las texturas ligeras, las ignora. Si se busca cosmética orgánica y/o vegana, lo ignora. Si se mira hacia Oriente, lo ignora. Está tan segura de sí misma, de que lo que hace lo hace mejor que nadie, que no se mueve de su sitio. De su trono.
La Eight Hour® es un producto contracorriente. Es eficaz, serio y legendario, algo que lo coloca en un lugar más allá de lo funcional. Es algo así como la Reina de Inglaterra de las cremas. Ha sobrevivido a la Gran Depresión del siglo pasado, la saturación del mercado cosmético, la dictadura de las celebrities y las relaciones públicas y tumba a cualquier otro bálsamo multitodo del mercado. Lo hace sin renunciar a ser lo que es.
Review: Crema de 8 horas de Elizabeth Arden
Su Mayor Competencia: Helena Rubinstein
Ambas mantuvieron una guerra fría por el control del negocio de la cosmética durante toda su vida. Se casaron y divorciaron dos veces. Sus segundos maridos fueron príncipes de título dudoso que dieron poco más que encanto a sus biografías. Según los biógrafos, nunca cruzaron una palabra, aunque coincidieron a menudo y se odiaron en las distancias cortas. Rubinstein, conocida como Madame, hablaba de Arden como “la otra”. Arden, que tampoco la mencionaba por su nombre, se refería a ella como “esa mujer”.
Gran parte del impulso de esta inolvidable empresaria surgió de su competencia con la empresaria de belleza polaca Helena Rubinstein. A pesar de no haberse conocido nunca en persona, las dos mujeres trabajaron para superarse mutuamente en el desarrollo de nuevos productos.
Gran parte del giro de negocios de Arden provenía de su rivalidad con la empresaria polaca de la belleza, Helena Rubinstein.
Su marido, el banquero Thomas Lewis (por cuyo matrimonio Arden obtuvo la nacionalidad estadounidense), había sido director del negocio, pero nunca contó con ninguna participación. Cuando la pareja se rompió, en 1935, Rubinstein le contrató. Arden respondió al ataque arrebatando a su rival parte de los pesos pesados de la plantilla.
Elizabeth se casó después con el príncipe ruso Michael Evlonoff. Arden ideó maquillajes fáciles de aplicar para las mujeres que empezaron a trabajar durante la Segunda Guerra Mundial.
En 1941, el FBI abrió un expediente sobre las conexiones de Elizabeth Arden con la Roma fascista de Mussolini, así como con la Alemania de Hitler y las actividades pronazis que acogían sus salones de París, Viena y otras ciudades ocupadas. Fueran ciertas o no las denuncias, Elizabeth Arden era la marca de cosméticos favorita de Eva Braun, compañera de Adolf Hitler. El tocador de su apartamento de Berlín estaba lleno de sus productos, como dejaron constancia las fotografías que Lee Miller tomó después de su muerte.
Una de sus biógrafas, Lindy Woodhead, apuntó que Elizabeth tuvo relaciones con la mafia y que sus negocios en las carreras de caballos la colocaron en una posición difícil ante algunas bandas.
Con el tiempo, Arden amplió el negocio de las cremas al de las fragancias y la moda de alta costura, con fichajes como Óscar de la Renta. En su casa de verano de Mount Vernon creó un spa que tenía entre sus clientas a Mamie Eisenhower, la esposa del presidente norteamericano.
| Aspecto | Elizabeth Arden | Helena Rubinstein |
|---|---|---|
| Origen | Canadá | Polonia |
| Estrategia | Glamour, lujo | Ciencia, innovación |
| Relación personal | Nunca se conocieron | Nunca se conocieron |
Las Mujeres Poderosas se Pintan los Labios
En marzo de 1912, Elizabeth Arden proporcionó barras de labios de color rojo a las sufragistas que se hicieron con la Quinta Avenida de Nueva York, con el fin de reivindicar ese producto de belleza como signo feminista.
También en 1943, con motivo de la Segunda Guerra Mundial, recibió el encargo de crear un labial de tinte rojo que conjuntara con los uniformes de las mujeres que servían en las Fuerzas Armadas estadounidenses. Se llamó Victory Red.
Winston Churchill importó del gobierno de Estados Unidos la campaña bajo el lema ‘Beauty as Duty’ (‘La belleza como deber), que vio potenciado su mensaje con las creaciones de Elizabeth Arden y Helena Rubinstein, quien lanzó el color Regimental Red, como apoyo al triunfo del bien. Fue así como el líder británico enalteció el uso de las barras de labios hasta el punto de estimular su uso en tiempos de guerra.
En la época victoriana, el carmín fue relegado al fondo del cajón por ser considerado inmoralmente femenino o propio de las llamadas ‘mujeres de baja cuna’. Cleopatra adquirió la costumbre de pintarse los labios con rojo rejalgar.
Marilyn Monroe también sucumbió a este símbolo de emancipación femenina y paseó su carmín rojo intenso por todas las cámaras del séptimo arte. Una industria que recurrió al carmín de colores intensos para avivar la llama que las producciones en blanco y negro se empeñaban en apagar.
El pintalabios ha sido, y sigue siendo, otro medio para transmitir mensajes políticos y sociales. De hecho, durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Estados Unidos impulsó su uso bajo el lema Beauty as Duty (la belleza como deber).
La empresa especializada Helena Rubinstein lanzó el tono regimental red (rojo regimiento) para las Fuerzas Armadas estadounidenses, y Elizabeth Arden creó el victory red (rojo victoria).
Durante la Segunda Guerra Mundial, los hombres eran obligados a marchar al frente y muchas mujeres tuvieron que ocupar puestos que, tradicionalmente, desempeñaban los varones. Trabajaron en fábricas de armamento y munición, o como remachadoras, soldadoras y operarias de maquinaria. En todas sus representaciones, Rosie lleva pintalabios rojo.
La seguridad de que toda mujer es bella y que basta con saberse sacar partido fue una de las máximas que permitió a Elizabeth Arden triunfar en la cosmética. Estaba convencida de ello y cuando abrió su primer salón de belleza, fue un concepto que trasladó a sus clientes y que tuvo sus frutos.
De este modo, se convirtió en la mujer responsable de la primera industria de la belleza en Estados Unidos. Poco antes de abrir su primer salón de belleza, Elizabeth Arden se convirtió en el nombre comercial de la sociedad que creó Graham.
En 1910, abrió su primer salón Red Door en la Quinta Avenida de Nueva York (Estados Unidos). La 'puerta roja' era la entrada a una concepción diferente de la belleza femenina. Arden no se contentó con lo que ya ofrecía y decidió dar algo más a su clientela.
Por ello, viajó a Francia para ver cuál era el método que seguían en los salones de belleza de París. De este modo elaboró una gama de colores y polvos bronceadores e introdujo por primera vez en el mercado estadounidense el maquillaje para ojos. También empezó a desarrollar sus propios cosméticos de cuidado facial, cambiando la idea primigenia de una crema para todo.
Estableció el cuidado de la piel en varios pasos: limpieza, tonificación e hidratación en función de cada tipo de cutis. Ella fue la visionaria del concepto 'total beauty', es decir, además del cuidado externo empezó a promover actuaciones para atender la salud a través de la actividad física y la alimentación.
La empresaria comenzó a expandirse y a inaugurar salones en diferentes países. Poco a poco fue alcanzando distintos hitos dentro del ámbito de la belleza. En 1930, lanzó su crema internacional Eight Hour Cream y cuatro años después hizo realidad su visión de lo que debía ser un spa.
Algo que materializó en el Maine Chance Spa, ubicado en Mount Vernon (Estados Unidos), logrando que la alta sociedad de la época fuera a relajarse y ponerse guapa en sus instalaciones. Elizabeth Arden también se adentró en el mundo de los perfumes con su primera fragancia Blue Grass en 1935.
Pero todavía hay más. Esta mujer no paró de atreverse y experimentar. Pensó en las féminas pertenecientes a las Fuerzas Armadas durante la Segunda Guerra Mundial, por ello diseñó un carmín rojo que iba a juego con su uniforme. Del mismo modo, supo lo importante que era el marketing y la publicidad, por lo que no dudó en invertir para dar a conocer sus productos de este modo.
Dentro de los distintos reconocimientos que obtuvo, destaca el que recibió del Gobierno francés en 1962 por su contribución a la industria cosmética, que le concedió la Legión de Honor.
Su Legado
Elizabeth Arden murió el 18 de octubre de 1966. Solo después de su fallecimiento se supo que tenía 81 años, ya que siempre había ocultado su edad para dar la impresión de una belleza eterna.
En el momento de su muerte, había 100 salones de belleza Elizabeth Arden en todo el mundo y una línea con aproximadamente 300 productos cosméticos. Además, era propietaria de los lujosos spas de belleza Maine Chance en Mount Vernon, Maine y Scottsdale, Arizona, así como de varios de los caballos de carreras más importantes del país.
Cuando murió, en otoño de 1966, de un ataque al corazón, la Elizabeth Arden Company facturaba 60 millones de dólares al año.
A su muerte, había abierto más de 100 salones en todo el mundo y tenía una línea con cerca de 300 productos cosméticos. Elizabeth Arden también se diversificó siendo dueña de caballos de carreras. Ella se preocupaba por sus caballos con la misma atención que trataba a sus clientes humanos.
Elizabeth Arden falleció en 1966 en Nueva York, pero su legado ha perdurado hasta la actualidad. Posteriormente, la firma ha lanzado novedosas gamas para el cuidado de la piel o productos de maquillaje con una gran aceptación entre el público femenino.
¿Quiénes son los Actuales Dueños de Elizabeth Arden?
En 1971, Eli Lilly compró la empresa por 38 millones de dólares. En 2016, este gigante de la cosmética fue adquirido por Revlon por 870 millones de dólares.
