Isabel II de Inglaterra, quien saludó desde el balcón del palacio de Buckingham en una fotografía de archivo del año 2012, dejó un legado imborrable como monarca. Su reinado de 70 años la convirtió en un símbolo de constancia y adaptabilidad, cualidades esenciales en un líder.
Isabel II de Inglaterra
Un Reinado en Tiempos de Cambio
Durante su largo reinado, Isabel II fue testigo de profundos cambios en la sociedad internacional desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Vio fraguarse el entendimiento político entre franceses y alemanes para iniciar el proceso de integración que cambió la configuración económica y política de la mayor parte del continente europeo. Esa integración de la que el Reino Unido renegó, entre 1951 y 1957, por su liderazgo de la Commonwealth of Nations a escala mundial y la European Free Trade (EFTA) a escala europea. Poco tiempo después, en 1962, solicitaba su incorporación a la CE, demorado hasta 1973 por la abierta oposición del presidente De Gaulle. También tuvo que sufrir, junto con sus ciudadanos y en su propia familia, la violencia terrorista desatada por el IRA y que, más tarde, encontraría su continuidad en el terrorismo yihadista. Pero, sobre todo, Isabel II tuvo que asistir al final del imperio británico, sometido a la presión descolonizadora y la incapacidad de los Gobiernos de su majestad de comprender primero y gestionar más tarde, la autodeterminación de las colonias.
Sin embargo y a pesar de la importancia de todos estos acontecimientos, la reina Isabel II no logró el respeto de sus ciudadanos por las proezas realizadas en tales sucesos. Isabel II encarnó, simbólica y funcionalmente, la tradición monárquica del Reino Unido y la modernidad política y económica requerida por su sociedad.
Lecciones de Liderazgo de Isabel II
Isabel II, fallecida el jueves, 8 de septiembre, forjó su legado a través de su imagen de marca, su adaptabilidad y su capacidad de trabajar en equipo, habilidades que otros podrían interiorizar. Los líderes como ella "logran el difícil equilibrio entre la constancia y la adaptación", señala a Business Insider el profesor de liderazgo y cambio corporativo de la escuela de negocios IMD en Suiza, Michael Watkins. Watkins asegura que estos líderes "se mantienen anclados en sus principios y son coherentes con sus compromisos, pero saben doblegarse ante los cambios inevitables".
La disposición de la reina de Inglaterra a ceder en determinadas ocasiones y a apegarse a la tradición en otras es un comportamiento que otros líderes harían bien en adoptar, según los expertos en liderazgo. La capacidad de saber distinguir cuándo hay que cambiar y cuándo hay que mantener el rumbo es especialmente relevante hoy en día, con la amenaza de recesión económica, la incertidumbre sobre la vuelta a la oficina y la inquietud de los trabajadores, que generan que se pueda existir cierta sensación de inestabilidad.
Estas son las lecciones de liderazgo más importantes que se pueden extraer del reinado de la reina Isabel II:
- Mantenía una imagen de marca coherente: Los coloridos sombreros de la reina Isabel II y los corgis que la acompañaban eran componentes esenciales de su estrategia de liderazgo, asegura a Business Insider Cindy McGovern, CEO de la consultora Orange Leaf Consulting y autora del libro Sell Yourself(Véndete a ti mismo). La reina construyó una imagen de marca que se ha mantenido vigente durante más 70 años, incluso "cuando el mundo cambió radicalmente a su alrededor", indica Mauro Porcini, vicepresidente senior de PepsiCo y autor del libro que saldrá el próximo 18 de octubre, The Human Side of Innovation (El lado humano de la innovación). Esa coherencia fue una de las maneras en las que la Reina Isabel II mejoró la confianza del pueblo en la monarquía, afirma McGovern. La CEO de Orange Leaf Consulting dice que los habitantes de la Commonwealth sentían que conocían a la Isabel II, lo que la convertía en un hombro en el que apoyarse y en algo que transmitía firmeza cuando el mundo se mostraba agitado. "Ella era la misma, pasara lo que pasara", explica McGovern. "Frente a la pandemia, frente a la guerra, frente a la paz, frente a la crisis, frente al escándalo, nunca era otra cosa que no fuese la reina Isabel".
- Puso su labor por encima de sí misma: Aunque era amada por millones de personas, la reina Isabel II también representaba una monarquía con un oscuro pasado. Gobernó la Commonwealth durante un periodo en el que se produjeron violentos procesos de descolonización. En el siglo XX, muchos británicos, incluida la recién elegida primera ministra de Reino Unido, Liz Truss, abogaron por la abolición de la monarquía. Para contrarrestar su decadente imagen pública, la reina lideró Gran Bretaña poniendo a su pueblo por encima de todo, sostiene McGovern. "Se la veía como una especie de roca, como una estatua, pero no lo era. Era muy compasiva. En realidad, tenía un corazón servicial". Durante la emisión del primer discurso de Navidad de Isabel en 1957, la reina señaló que su papel no era ni podía ser el de sus predecesores. "No puedo llevaros a la batalla, no os pongo leyes ni administro justicia, pero puedo hacer algo más. Puedo daros mi corazón y mi devoción a estas viejas islas y a todos los pueblos de nuestra hermandad de naciones". Nunca se echó atrás a la hora de desafiar los convencionalismos si creía que era lo mejor para su pueblo, según la CEO de Orange Leaf Consulting. Aunque ahora es habitual ver a los miembros de la familia real saludar a sus admiradores, esta práctica era inaudita hasta el primer "paseo" de la Reina en su gira de 1970. "Es un rasgo de liderazgo muy potente. Muchos líderes olvidan que, si haces bien tu trabajo, no siempre vas a tomar la decisión más aplaudida", indica McGovern. La reina incluso llegó a poner a la corona por encima de su familia en determinadas ocasiones. Por ejemplo, cuando optó por quitarle a su nieto, el príncipe Harry, y a su esposa, Meghan Markle, duques de Sussex, los títulos honoríficos y los patrocinios reales tras su decisión de apartarse de sus funciones como miembros de la casa real en febrero de 2021. "Antepuso su causa y su país a cualquier otra cosa. Puso su deber por encima de sí misma. Amaba su propósito más que a sí misma. Era obvio y era palpable", explica el vicepresidente senior de PepsiCo.
- Acompañó a otros líderes: La reina Isabel II trabajó codo a codo junto a 15 primeros ministros a lo largo de todo su reinado. Tenía 27 años y acababa de convertirse en reina cuando conoció a Winston Churchill, que la orientó sobre la monarquía y la política. Medio siglo después, Tony Blair, antiguo primer ministro británico, declaró a The Telegraph que Isabel era "casi la única persona" a la que podías "contarle algo con total confianza" y saber que esa confianza nunca se perdería. La relación de la reina con el parlamento británico reforzó su imagen. "Si ella hubiese quebrantado o entrado en conflicto con los principios del Gobierno, la monarquía hubiese perdido su aceptación en la sociedad británica", afirma Adam Galinsky, psicólogo social y profesor de gestión en la Universidad de Columbia. "Al entender esa distinción, creo que fue capaz de representar el papel de socia del sistema parlamentario", dice Galinsky. Según la directora general de Orange Leaf Consulting, al apoyarse en sus asesores y en el Gobierno, la reina Isabel II permitió a otros líderes decir que necesitaban ayuda. "No se limitaba a sentarse y a lucir sus joyas. Tenía que trabajar de verdad", defiende McGovern.
Funeral de la Reina Isabel II
El Legado de una Reina
El tributo de tantos estadistas a Isabel II, quien no hubiera acudido al adiós de ninguno de ellos -no iba a funerales en el extranjero- reafirma la influencia mundial de Buckingham. Biden, ayer, en Londres, por el funeral de Isabel II: En vida fue coronada por los historiadores como la grande, apelativo por el que pasará a la posteridad. Y hoy Isabel II, la reina más grande de la Monarquía británica, será despedida con el mayor funeral de todos los tiempos. Es lo que se puede concluir a tenor de la llegada a Londres de alrededor de 500 dignatarios de todo el mundo para rendirle tributo.
El elevadísimo número de mandatarios y el alto nivel de las delegaciones internacionales que van a estar presentes en Westminster, con decenas de jefes de Estado y primeros ministros incluidos, y una de las reuniones más sobresalientes de miembros de la realeza de una cuarentena de dinastías, nos sitúan ante unas exequias irrepetibles. Pocos precedentes de semejante encuentro del poder existen. En 2013, los funerales en Sudáfrica por Nelson Mandela, un gigante del siglo XX, contaron con una extraordinaria representación de dirigentes, entre ellos casi todos los presidentes del continente africano y muchos líderes europeos. Aun así, la cifra está lejos de lo que hoy veremos en Londres. Y, años antes, en 1989, Tokio se convirtió en la capital de la diplomacia mundial tras la muerte de Hirohito. Delegaciones de primerísima línea acudieron a la despedida del emperador de Japón, aunque en muchos países hubo extenuantes debates para decidir a quién enviar, dado que se trataba de una más que controvertida figura por su papel en la Segunda Guerra Mundial que sólo gracias a EEUU se pudo mantener en el trono y ver rehabilitada su imagen en vez de ser juzgado por crímenes contra la humanidad.
Ningún funeral de monarca ni presidente de República alguno ha reunido a tantos mandatarios como los que hoy inclinarán su cabeza ante el paso del féretro de Isabel II. Y no es pequeña la paradoja de que ella no hubiera asistido a las exequias de ninguno de ellos. Tampoco a las de Juanito, nuestro Emérito, con quien además de parentesco compartió una relación muy cordial. El español no ha dudado en poner en un nuevo brete a Zarzuela para dar su adiós a Lilibeth y recuperar siquiera por unas horas su posición entre quienes llevan las riendas de la gobernanza. Pero la reina británica era mujer de férreas costumbres y creó tradiciones con las que se desenvolvió en su singular forma de ejercer el reinado. Y nunca asistía a funerales de dirigentes internacionales, haciéndose representar en ellos por diferentes miembros de su familia: su marido o su primogénito, si se trataba de líderes muy destacados, y cualquier otro Windsor, incluidos sus activos primos, si los finados no merecían tanto puntillismo de Palacio.
De modo que esta fabulosa deferencia que hoy muestran por Isabel II las cabezas más poderosas del mundo -desde el presidente de EEUU, Joe Biden, al emperador de Japón, segunda vez en la Historia que un soberano nipón acude a las exequias de un dignatario extranjero- es, antes que nada, demostración de hasta qué punto la monarquía británica es una de las instituciones más influyentes, populares y prestigiosas del planeta. Qué sería del pueblo británico, ensimismado desde hace décadas en esa melancolía y frustración que aún acarrea por la perdida del imperio, sin la sobrerrepresentación en el tablero geopolítico internacional que le da contar con la Corona, cuya capacidad de proyección, atracción mediática, interés mundial y peso diplomático trascienden con mucho lo que hoy correspondería a la isla a la deriva aislacionista en la era del Brexit que es Gran Bretaña.
Pero el gran tributo de los líderes del mundo a Isabel II se debe también a que estamos ante una de las pocas figuras que podían presumir de liderazgo global -Mandela, ya mencionado, era también uno de ellos-. Personificaba al Reino Unido, sí, pero la monarca ejercía como icono mundial. No es fácil pensar en dirigentes que, como ella, hayan inspirado a tantos millones de personas en los cinco continentes y hayan tenido su trascendencia histórica como carismática mandataria plenamente reconocida en cualquier rincón sobre la faz de la Tierra.
